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"Acá el bárbaro y el civilizado habitan el mismo cuerpo, son intercambiables"

  • Periodista: Rogelio Demarchi
  • Publicada en: Ciudad X,

Algunos libros consiguen una valoración positiva por caminos extraños. Por ejemplo, la novela Entre hombres, de Germán Maggiori, cuya primera edición, en 2001, producto de un concurso literario internacional, fue apenas percibida por la crítica y desapareció rápido de las librerías, sin pena ni gloria. Pocos pero importantes lectores la apreciaron: hubo escritores, críticos, docentes universitarios de Letras y hasta editores que la valoraron y recomendaron a otros su lectura. Por esa vía, la novela de Maggiori se convirtió en un libro de culto, como suele decirse para hablar de textos (o de películas) que son catalogados como importantes por un segmento crítico y destacado, aunque minoritario, del campo cultural. Y ahora que se ha reeditado, doce años después, genera una ola sostenida de comentarios positivos en todos los medios.

–¿Qué pensás que pasó en 2001 con el libro? ¿Se lo comió la crisis y a la editorial no le interesó sostenerlo, o hubo algún otro factor que influyó?

–Es una pregunta que yo también me hice. A veces creo que, como decís, fue por la crisis, otras por la falta de ganas de la editorial para empujarlo. A veces creo que era una redundancia de la realidad, un libro innecesario entonces, y eso tendría que ver con el tratamiento que tiene la novela, esa apropiación de los elementos del género de no ficción para contar una ficción, esa voluntad de hacer el movimiento contrario al que hizo Walsh, para decirlo de alguna manera. En ese entonces no prendió, a nadie le interesaba leer lo que tenía que soportar en carne propia. Ojo, tampoco entiendo el fenómeno que despertó la reedición, eso habla de lo poco que entiendo del mundo en general y de la circulación de los libros en particular.

A la presente edición se llega, primero, después de que a la editorial que la publicó se le vencieran sus derechos, y segundo, tras una curiosa disputa entre dos famosos y reconocidos editores: de un lado, Fernando Fagnani, editor de Edhasa; del otro lado, Ricardo Piglia, en su calidad de director de la colección de narrativa Serie del Recienvenido, que edita Fondo de Cultura Económica. Una versión sostiene que Piglia pensó en incluirla en su colección, y se enteró de que Fagnani estaba pensando en contratarla; entonces, Piglia le habría planteado a Fagnani: “O la publicás vos o la saco yo”. La sacó Fagnani.

–¿Confirmás o negás esa versión?

–Más que una disputa, fue una picardía. Ricardo me había dicho que tenía ganas de meterla en la colección del Recienvenido, pero no me podía dar una certeza sobre los plazos porque ya tenía el año cubierto. Cuando le comenté que Fernando estaba interesado en publicarla, levantó el teléfono y lo llamó: “Si no la sacás vos, la saco yo”, le dijo, sin aclararle cuándo, claro. Un bluff de dos en un póquer de tres. Funcionó y ganamos todos, eso es lo más loco.

–¿Qué sentís ahora que en el campo literario se considera a tu novela un “libro de culto”?

–No debería sentir nada especial. Está visto que es un malentendido. Publiqué una novela a la que no le fue bien en su momento y que ahora le va mejor. En el medio, el libro siguió circulando, encontró lectores, despertó el interés de una parte de la crítica y de algunos escritores. Ahora fue rescatada por un editor con mucho oficio y sentido de la oportunidad. Tuvo un recorrido anómalo, diría. Y cuando pasan esos eventos inesperados hay que reflejarlos con algún tipo de etiqueta grandilocuente. Los únicos libros de culto que se editan hoy son lo de autoayuda, y su culto es más bien perverso.

 

Todos contra todos

 

Un banquero, un senador, un juez, una prostituta, un par de travestis. Buenos Aires, Argentina, en la segunda mitad de los ‘90. Un departamento. Una cámara oculta detrás de un espejo. Drogas. Orgía. Todo queda registrado, lo que sale bien y lo que sale mal. El video, como es lógico, se convierte en un arma perfecta para extorsionar a los poderosos, que entonces tienen que, por un lado, desconfiar de todo el mundo, y, por el otro, largar a la calle a sus mejores y más leales policías y agentes de inteligencia para ver si pueden dar con el chico malo antes de que sea tarde. Unos y otros se parecen en un punto clave, como si hubiesen sido cortados con la misma tijera, como si se hubiesen criado juntos: no dudan en asesinar a todo aquel que les provoque desconfianza; por mínimo que sepa, puede hablar; y la palabra –la verdad– es la única sustancia cuya circulación social es realmente peligrosa.

Con una poética narrativa que se alimenta de los guiños propios de la historieta y una estructura que recuerda a Pulp fiction –la emblemática película de Quentin Tarantino–, Maggiori se las ingenia para que el video no aparezca hasta el final, cuando el rompecabezas termina de armarse. Y entonces se comprende que ha ido cambiando de mano como ese objeto mágico que suele estar en el centro de algunos cuentos maravillosos. Pero en el centro de esta novela, lo que es decir entre las dos bandas que se traicionan mutuamente, hay un pequeño grupo de pibes fisurados del conurbano bonaerense que no trabajan ni estudian y que están todo el día, todos los días, dados vuelta por la combinación de las drogas y el alcohol.

Entre hombres, a medida que avanza, despliega una serie de marcas que, a modo de guiños al lector, remiten a la “bipolaridad cultural” que se convirtió en la señal de identidad de los ’90: aquel “pizza con champán” que definía al menemismo aparece aquí simbolizado en el contacto entre lo más alto y lo más bajo de la sociedad en términos de poder político y económico, en la música que se escucha a modo de banda de sonido –Gilda y Metallica–, en la convivencia entre los Motorola Startac y el Peugeot 406 junto con los Torino de otra época y el bar de club de barrio del conurbano.

–Cuando escribías la novela, ¿hasta qué punto eras consciente de esas y otras marcas?

–Diría que la mezcla se dio de manera inconsciente. Es un reflejo también, creo, de esa antinomia fundacional que atraviesa nuestra cultura, la civilización y la barbarie, una convivencia forzosa que nos define y explica muchas de nuestras conductas. Acá el bárbaro y el civilizado habitan el mismo cuerpo, son intercambiables. A diferencia de lo que pasa en Estados Unidos, donde la sociedad está polarizada por la dicotomía éxito-fracaso, que es inherente al mundo civilizado, no al bárbaro, ese mundo en cambio permanece en estado de animación suspendida hasta que cada tanto aparece alguien cansado, enloquecido por la exclusión del sistema y agarra un arma automática, va a un centro comercial y masacra a 15 tipos. Es la disyuntiva de la naturaleza brutal del capitalismo la que se explicita allá, mientras que acá el esquema se parece a una simbiosis, la mezcla, lo alto y lo bajo, en una tensión permanente. Ese es el teatro de la guerra más o menos visible que se libra en Entre hombres. En fin, nada nuevo.

 

La experiencia y la literatura

 

–¿Qué pasó con vos, mientras tanto, en la docena de años que pasó entre una edición y otra? Se publicaron algunos cuentos tuyos en antologías más un libro de relatos premiados por el Fondo Nacional de las Artes, en 2012... Pero no hubo otra novela.

–Sí, estuve borrado un tiempo, acumulando experiencias trágicas, podría decirse. Nada tan grave. El cínico, el masoquista y el patético son voces que a veces encarna la figura del narrador, pero sólo la mala crítica puede confundir esas voces con la propia. Igual, no me pasé doce años en coma como suponen algunos, publiqué poco pero escribí bastante. Opera una especie de teoría del iceberg en mi caso: la media sería publicar una tercera parte de lo escrito y dejar dos terceras partes latentes, a la espera de su oportunidad. ¿Cuándo es eso? Qué sé yo, si es por las editoriales, diría que casi nunca.

–¿Hay alguna relación entre esas dos cosas que no entendés del primer y el segundo tiempo de la novela y esta especie de temor a publicar lo inédito que se desprende de tu respuesta?

–Yo no diría que tengo temor a publicar mis textos, sino más bien una incapacidad para darlos por finalizados. Ya que hablábamos de Piglia, durante la presentación del libro de cuentos dijo algo así como que yo no terminaba los relatos, los interrumpía. Quizá pasa un poco por ahí, asumir la escritura como un continuo. Entre hombres sería una parte de esa novela total, de ese texto único que sigo escribiendo, forma parte de un universo paralelo privado que voy haciendo paulatinamente público.

–Decís que la novela era algo redundante con la realidad y que tal vez por eso no se leyó. Ahora, “Pizza, birra, faso” también era redundante y sin embargo tuvo otra suerte. ¿Signo de estos tiempos, lo que está bien en el cine no lo está en la literatura? ¿O el realismo de la novela no entraba en el campo literario pero sí ahora, que hay una vuelta al realismo?

–Puede ser, de todas maneras creo que la película se concentra más en reflejar el drama de la experiencia lumpen, marginal; desnuda la realidad de una juventud que se había quedado sin futuro, y la novela es más una radiografía del estado de descomposición de una sociedad entera, de un país que se había quedado sin futuro, que no tenía otra salida que el colapso que finalmente ocurrió meses después, y quizá por eso no funcionó. El poder de negación puede ser muy fuerte en un enfermo terminal.

–Hablaste de cierto juego con cuestiones walshianas y de nuestra inolvidable dicotomía “civilización y barbarie”. ¿Con qué autores o líneas estéticas de nuestra tradición sentís que se relaciona la novela, si querés, a partir de esa pequeña biblioteca a la que sabe acudir un escritor cuando está produciendo?

–Me interesan los autores que exploran la tensión entre experiencia y lectura. Borges, por ejemplo, prácticamente huérfano de experiencias vitales, construye su obra casi exclusivamente a partir de lecturas y de anécdotas referidas por terceros (los cuentos de matreros y cuchilleros son el mejor ejemplo de esta cuestión). En Arlt, la experiencia aparece guiada por la lectura, el bovarismo de Astier o de Erdosain son el paradigma de este uso particular de la cultura; una cultura apropiada y despareja, hay que decir. En Walsh, experiencia y literatura fluctúan en una relación tensa (entre la no ficción y la ficción), que termina resolviéndose en favor de la primera, y lo lleva a abandonar el oficio de escritor y consagrar su vida a la experiencia extrema, pura, que es la revolución. Finalmente, para mí el cuarto integrante de esta serie sería Ricardo Piglia, porque en su obra experiencia y lecturas conforman una suerte de simbiosis, una da sentido a la otra y viceversa.