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“La soledad tiene infinitas voces, también el amor”

  • Periodista: Augusto Munaro
  • Publicada en: El Litoral,

Abisinia, nouvelle de Vlady Kociancich, acaba de ser reeditada por Edhasa, y confirma la solvencia de su autora a la hora de construir una de las tramas narrativas más precisas y particulares de la literatura argentina reciente. Su protagonista, el impresionista Durand se halla en la difícil disyuntiva de sacrificar el amor hacia una bella mujer por el reconocimiento postrero de su arte. ¿Qué opción sería la correcta cuando la vocación por la creación pareciera ser el único fin y destino posible?

—Comencemos por el evento en sí, la reedición. ¿Podría narrar la circunstancia que posibilitó el rescate de esta tercera novela? Tengo entendido que se apreció mucho más en España, cuando salió por primera vez, en 1985.
Abisinia se publicó primero en la Argentina, creo que un año después en España por otra editorial, luego fue traducida en Brasil, Canadá y Francia donde logró una mayor difusión. Pero acá tuvo muy buenos lectores, que es lo que importa. El largo tiempo en que no fue reeditada es sólo culpa mía. Apenas publicado un libro estoy escribiendo otro y me desentiendo de los anteriores. Es como si terminara una vida y comenzara otra, fresca, inexplorada y con la ilusión nunca perdida de que el próximo libro será mucho mejor. Yo nunca me propongo escribir un tipo determinado de novela antes de empezar a escribirla. La novela es al comienzo como el rompecabezas de un sueño que tuvimos la noche anterior. Con los años, llego a la conclusión un tanto extravagante pero confirmada por los libros que he escrito, que mi imaginación y mi memoria guardan una multitud de novelas y cuentos que sólo necesitan tomar forma, porque ya están ahí esperando su turno. Lástima, ay, que la literatura sea tan larga y la vida tan corta.
—Es interesante notar con qué solvencia usted articula y desarticula la trama, siempre alterando la secuencialidad narrativa. El espacio y el tiempo aquí cobran dimensiones peculiares. Acaso la vigencia de este libro, entre otras virtudes, se deba al modo de solucionar el conflicto desde su aspecto formal. Hay ciertos actos que se reiteran, aunque narrados desde puntos de vista disímiles. Se detecta una progresión tonal (no lineal).
—Creo que a medida que transcurre el tiempo, vamos agregando a nuestra identidad más personas que la única que creemos ser, irreconocibles a veces. También el mundo, su realidad, oscila entre el cambio y la permanencia casi eterna de algunas cosas desde nuestra visión humana e imperfecta. En Abisinia el mundo se reduce a una casa, un pintor aún joven y célebre al que una enfermedad le impedirá hacer el cuadro que soñaba. El gran artista deja de ser quien era. Su vida cotidiana, su arte, han muerto antes que él. La historia de ese hombre, su tragedia, su confusión, necesitaba un desdoblamiento verosímil, el que en la vida real produce una gran crisis. ¿Acaso no decimos con naturalidad la frase “Fulano ya no es el mismo”? El personaje se convierte en dos hombres en lucha por su conciencia y sus valores, alterados por la invalidez y una muerte a pocos pasos. En cuanto al uso de distintos puntos de vista, quise acentuar el conflicto entre el pintor e Irene, porque ese tipo de relación amorosa no podía sostenerse en uno solo. La soledad tiene infinitas voces. También las tiene el amor.
—El ritmo es un aspecto nodular en su escritura, ¿por qué cree aún que la elegancia sea considerada un atributo literario?
—Dios mío, nunca creí en la elegancia como atributo literario. Precisamente en “Abisinia”, la elegancia aparece como el villano de la historia al ser equiparada a la belleza del arte. Muebles y chucherías importadas de Francia que deforman una hermosa casa colonial, nuevos vestidos exquisitos que llevan a la desconfianza del protagonista por la mujer de la que se enamora. La elegancia, para mi personaje artista y en términos del arte, es una frivolidad que detesta. La belleza está en otra parte. En la modestia de un aljibe, en un patio, en la luz del verano, en el color de ese cuadro que nunca podrá pintar. Quizá la palabra “elegancia” para describir una prosa sea sinónimo de otras que no encontramos tan a mano, como la utilización armoniosa del lenguaje en busca de la claridad, del tono justo que exige lo que se narra. Uno trabaja con palabras, el más gastado y peligroso de los materiales, y los escritores sabemos que una frase mal puesta, una palabra fuera de lugar, puede arruinar todo un párrafo, toda una escena. De otro modo, ningún escritor perdería el tiempo corrigiendo.
Abisinia está construida a través de capítulos breves, casi todos contienen diálogos. ¿Alguna reflexión sobre la construcción de las conversaciones de sus personajes?, ¿qué aspectos cree que se ponen en juego en ellos?
—El diálogo en la novela tiene dos ventajas. La primera, aligerar la narración, darle aire. La segunda, mucho más importante, es que permite pasar información, relacionar a los personajes con sus diferencias, y sobre todo a la reflexión más profunda en una o en pocas frases. Salva, digamos, a los aspectos psicológicos o filosóficos de aparecer como un sermón pedante o un paper universitario.
—Entre los personajes figura su protagonista Xavier Durand, pintor exitoso; también Juan, su criado; su marchand Piquet, y desde luego, la exquisitamente delicada y silenciosa Irene, prima del impresionista porteño. Ahora bien, existe otra figura insoslayable, la casa del Temple con su amplio patio donde se desenvuelve parte de la historia. Su presencia modificada siguiendo la moda francesa- cobra una relevancia sustancial.
—Así es. La casa modificada, borrándose bajo los artificios ajenos, es el espejo de la identidad de Durand. Esa casa del Temple es el mundo del pintor que ve cómo se altera y se destruye sin que pueda impedirlo.
—Por cierto Vlady, las casas misteriosas parecieran interesarle mucho. Pienso en La octava maravilla...
—Y en otros libros míos, creo. Pero son más bien modestas, de barrio. Quizá me atrae la idea de que las casas guardan a la vez un pasado y un presente, que de algún modo hablan, cuentan. Quizá sea sólo curiosidad humana. Mi curiosidad por la vida, la gente, el mundo, es insaciable. Quisiera conocer todo aun sabiendo que es imposible. No por ambición de dominio. Por el placer del conocimiento, como decía Aristóteles.
—Irene Sáenz atrae por parecer encarnar literalmente un verso de John Keats: “beauty is truth, truth beauty”, es decir, para ella la belleza es virtud, la fealdad pecado. ¿Tiene que ver esto con la moral de la posteridad con la que está obsesionado Durand?
—Irene no podía entender que Keats se refiere a la verdad. A lo largo de la historia ella va revelando que su idea de belleza se reduce al ámbito de cosas bellas que provee la riqueza. La fealdad que rechaza nace de un desprecio casi patológico por todo lo que no brille en un salón. El artista es todo lo contrario. De ahí surge el drama de los dos.
—Otro de los temas reflexivos que plantea el libro es esa rivalidad entre la pintura y la fotografía. ¿Cómo cree que hemos llegado a depender de ellas para confeccionar las nociones de realidad y autenticidad?
—En la época en que transcurre mi novela, el debate sobre si la fotografía reemplazaba a la pintura con su realismo impecable fue casi feroz. Hoy sabemos que son dos artes diferentes, cada uno con su propio valor. Sin embargo, aun en sus comienzos, la fotografía trajo un nuevo elemento conflictivo, de enorme poder, que llamamos “la imagen”. Como dice patéticamente el padre humillado de “Seis personajes en busca de un autor” de Pirandello: “¿Vas a condenarme a la eternidad por un minuto de error?”, ya que la escena atroz se repite idéntica en toda la obra. Es eso lo que enfurece al artista de mi novela. Una imagen suya y falsa repetida al infinito. ¿Qué diría hoy de Internet?
—Hay una frase recurrente en Abisinia que reza: “El arte sigue el movimiento de la vida”...
—La verdad, sólo creo que la historia del arte la confirma desde los tiempos más remotos.