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“En las fotos siempre hay un misterio: miramos y somos mirados por ellas”

  • Periodista: Fabián Bosoer
  • Publicada en: Clarín,

Una de las mayores contribuciones de la fotografía a la historia de la cultura, dice Néstor García Canclini, es evidenciar cómo evolucionaron las maneras de posar en las distintas clases sociales y en cada época. Sólo en las últimas décadas, con la difusión de las cámaras y los teléfonos celulares, esa práctica de posar se extendió a los sectores populares. Detrás de ese fenómeno fue Andy Goldstein, uno de los retratistas más reconocidos de nuestro país. Sus fotografías han sido expuestas y publicadas en galerías y museos de Argentina, Brasil Chile, Cuba, España, Francia, Italia, México y Suiza. Su obra forma parte de las colecciones permanentes del Museo Nacional de Bellas Artes y de la Biblioteca Nacional de Francia. Es creador y director de la Escuela de Fotografía Creativa y del Proyecto QuadraQuinta de Creatividad y Aprendizaje y acaba de publicar “Vivir en la tierra. Asentamientos en Latinoamérica” (Edhasa, 2013), fotografías de asentamientos populares que fueron expuestas en una muestra en el Centro Cultural Recoleta. Todos tenemos un “aura”, sostiene, y la tarea del buen fotógrafo es lograr que esa energía o luz que cada uno lleva dentro pueda irradiarse. “El fotógrafo –afirma con conocimiento de causa– es un voyeur con licencia para mirar”.

¿Cómo empieza la atracción por el retrato fotográfico?

Mi historia con la fotografía tiene muchos años, más de 50. Entre otras cosas porque, tanto mi abuelo paterno como mi padre tenían un negocio de óptica en el que se vendían cámaras, rollitos de fotografía, material de laboratorio. Eso me permitió tener un acceso muy temprano: a los 10 años ya sacaba fotos, tenía bastante idea de lo que podía ser más luz, menos luz, foco, no foco. A los 13, 14 años ya tenía un laboratorio fotográfico. Así que estamos hablando de 60 años, que es mucho decir en la historia de la fotografía. Alrededor de mis 20 años es cuando empecé a dedicarme de forma más profesional. Se me daba muy bien el retrato, el vínculo con las personas. Toda mi trayectoria hasta ahora está muy relacionada con el ser humano. En esa época empecé a hacer retratos y esos retratos que hacía eran muy centrados en el rostro, en las emociones que trasuntaban, en lo que había detrás de lo fisonómico. Eran retratos que trataban de prescindir de los fondos, iban muy al primer plano, incluso más que a la acción que pudieran estar representando.

¿Había que sacar al personaje de su contexto para retratarlo mejor?

Sí, el contexto aparecía borroso, fuera de foco, casi inexistente. En esa época se trabajaba con teleobjetivo, lo que permitía acercarse muchísimo pero desde lejos. Ponía una distancia física con mi modelo, para que no sintiera que me estaba entrometiendo. Eso es algo que fue cambiando: trato de estar muy cerca de mis modelos, física y emocionalmente; de decirles “vos estás ahí, yo estoy aquí y estamos juntos, vamos a tratar de armar una imagen que de alguna manera te represente”. Para ello, en lugar del teleobjetivo, utilizamos un gran angular, que permite además incluir el espacio vital, el entorno. En los dos casos, el objetivo es el mismo: retratar aquello que mejor represente a ese individuo, su “ser en el mundo”.

¿Cuánto influyeron los cambios tecnológicos en el modo de capturar una imagen, en este caso la de un rostro?

Puedo responder desde mi experiencia. Y sí, los ensayos más grandes que fui haciendo, las series que marcaron una etapa en mi trayectoria, todas estuvieron relacionadas con cambios tecnológicos o reflexiones sobre el estado de la fotografía en un determinado momento histórico. Mi primer acercamiento metafórico a las personas y al contexto fue una serie que se llamaba “La muerte de la muerte”, que hice durante la última dictadura. Estaba necesitando mucho salir a sacar fotos y el ambiente de opresión era tan grande que no se me ocurrió mejor idea que ir a los cementerios. Error garrafal, porque en los cementerios estaban enterrando a los NN; pero afortunadamente pude hacer un trabajo sobre la disolución de la memoria. Casi una década después me empecé a preguntar qué significaba posar 150 años después de haberse inventado la fotografía. A raíz de eso y de trabajos de autores como Erving Goffman, un antropólogo social, o el filósofo Walter Benjamin, le di forma a un proyecto que se transformó en la serie “Gente en su casa”, en la que fotografié a personajes representativos de distintos grupos sociales: porteros, psicoanalistas, bailarinas, vecinos de un barrio inundado. “Vivir en la Tierra”, el trabajo actual, es una continuación ampliando el espectro a los sectores populares. Lo que allí podemos ver es el resultado de un acercamiento, una cierta empatía, con quienes van a ser los protagonistas de esa foto: “Aquí estamos ambos, frente a frente. Y he venido a mostrar que vos sos vos y que éste es tu espacio”.

¿Qué es lo que toma de estos autores que menciona?

De Walter Benjamín, básicamente, el concepto de aura. Ante el mantra moderno “ponete ahí que te saco una foto”, las personas suelen responder controlando su expresión según su fantasía de “salir bien”. Sin embargo, hay un resquicio, una fisura, un instante, en el que toda su historia vital, todo el equipaje que esa persona carga, puede llegar a aflorar sin que el modelo pueda hacer nada para evitarlo: es ahí donde surge el espíritu del ser humano en todo su esplendor. Es allí donde aflora el aura, en el sentido de la intensidad tan grande que puede transmitir una persona si, por ejemplo, en lugar de hacerle una instantánea, que es lo habitual, debe posar tiempos muy largos y, por lo tanto, concentrar su atención en una acción que le impide controlar sus expresiones. Gracias a este recurso, las personas se muestran como son evidenciando la dignidad humana en el sentido más amplio y tangible del término.

¿No anima al fotógrafo la necesidad de capturar una imagen que transmita algo que a los ojos cotidianos no nos es distintivo?

Supongo que algo de eso siempre hay, pues el fotógrafo viene a ser como un voyeur con licencia, alguien que tiene un permiso para mirar en circunstancias en que habitualmente no queda bien hacerlo. Si le decimos a alguien “mirame” y nos ponemos a mirarlo a los ojos, es probable que la situación rápidamente se vuelva inquietante. La mediación de la cámara legitima ese permiso para mirar.

¿Qué fue lo que lo llevó a fotografiar familias de asentamientos populares viajando por América latina?

Luego de la serie “Gente en su casa”, me quedó una asignatura pendiente que tardó años en concretarse. Los grandes cambios tecnológicos que sobrevinieron en esos años me permitieron ir resolviendo cómo hacerlo. Hacía ensayos, sacaba fotos de prueba y así fui puliendo la técnica hasta tenerla a punto. Sin embargo, no sabía cómo encontrar los asentamientos, tampoco cómo entrar, menos que menos cómo salir. Entonces ocurrió algo casi mágico: una cooperante de la ONG Techo me llamó e invitó a donar una foto para una subasta benéfica. Lo único que queremos, me dijo, es que la hagas en un asentamiento. Nosotros te llevamos, te acompañamos y te llevamos luego de regreso. Acepté porque me parecía justo apoyarlos y mientras estaba haciendo la foto, me enteré de que esta gente trabaja en 20 países de Latinoamérica. Y pensé: si me vienen a buscar acá, ¿por qué no van a poder hacerlo en Costa Rica o en Haití? Así nació “Vivir en la tierra”: ellos, en cada país, me iban a buscar al hotel y me llevaban a esos lugares casi inaccesibles en muchos casos. Porque uno sabe donde está la Villa 31 de Retiro. Pero, ¿dónde está el barrio Nicole (“ni colegios ni colectivos”) que es donde saqué la primera de las fotos de esta serie? Está a 20 kilómetros del Obelisco, pero ¿cómo la encontrás? ¿cuántos saben de su existencia?

Fotografiar la pobreza a través de los rostros de sus protagonistas es un viejo recurso. ¿Cómo se evita el estigma en la mirada, a partir de la distancia que se produce entre quien mira y quien es mirado?

Lo que yo les decía, casi literalmente, era: “Estoy preparando un libro con fotos de familias que viven en situación de extrema pobreza, como ustedes. En cada país fotografío cinco familias dentro de sus casas: ¿quisieran posar para este libro? Estoy intentando mostrar situaciones que no deberían estar sucediendo”. Aunque parezca raro, todos aceptaron. Probablemente porque al explicitar el drama, entrábamos en una especie de comunión espiritual transitoria. Lo más difícil de todo es la creación de ese vínculo emocional, que se concreta sin palabras: lo que estaba pasando en ese momento era que se instalaba ese vínculo, las dos partes quedan involucradas. A lo largo de toda mi carrera, retraté al otro tal y como lo veía: como persona. En el caso de mis modelos de “Vivir en la tierra”, les animé a mostrarse como son. En algunos casos, la escena tiene un toque de cierto humor, en otros se trasluce algo más dramático. Yo les decía “pónganse como quieran, yo no les voy a decir cómo se tienen que poner, usen la ropa que quieran … cuando estén listos me avisan, yo no voy a sacar la foto hasta que ustedes me den permiso”. Lo único que hacía sin pedir permiso era decidir dónde emplazar la cámara para poder organizar la escena y mostrar el contexto.

¿Sacamos fotos para mirar o para ser mirados?

En la fotografía siempre hay un misterio: miramos y somos mirados por ellas. Es algo dialéctico. Queremos ver y queremos mostrarnos a través de lo que vemos, o de cómo queremos que nos vean. Por otro lado, desarmar la “cara de foto” es la parte más misteriosa que puede haber entre un artista y su obra, es la más difícil de poner en acto. A veces, cuando me dicen “dale, sacame una foto”, me encuentro con que hay caras de foto indestructibles. Apelo a todo el bagaje de recursos que a uno le pueden dar 50 años de experiencia y no lo logro. La mayor parte de la gente arma algo para la foto, intenta mostrarse como quisiera verse, es una mistificación de la propia imagen. En la época del daguerrotipo, en la prehistoria de la fotografía, la gente no se planteaba eso, estaba concentrada en otra cosa. Por eso en esas fotos, que podían ser lo opuesto a la espontaneidad, por cómo se preparaban, brilla el aura; son imágenes imperfectas, pero emocionantes.

Fuente: http://www.clarin.com/zona/fotos-siempre-misterio-miramos-mirados_0_943105741.html