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Perfil - 27/09/2012 - Argentina
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Rivadavia, en contexto
Gallo, Klaus
Rivadavia, en contexto

En Bernardino Rivadavia, el primer presidente argentino (Edhasa), Klaus Gallo traza una imagen inédita del mandatario, con luces y sombras, con medidas de estadista impar y con pasos en falso. Una biografía ejemplar, que elude las afirmaciones demagógicas y piensa a Rivadavia en su tiempo, en un determinado contexto. Aquí, un fragmento en el que analiza las relaciones del entonces gobernante con el poderoso Imperio Británico.

Al acercarse el final del mandato de Rivadavia como ministro de Gobierno de Buenos Aires, la obtención del reconocimiento británico en favor de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata aparecía como la principal asignatura pendiente de su gestión. Este objetivo se veía trabado por no estar unificado el país, aunque a principios de 1824 se vislumbraba un clima político más propicio para alcanzar dicho fin, al reunirse una asamblea constituyente con delegados de las distintas provincias. Por este motivo, una vez concluido el gobierno de Martín Rodríguez, Rivadavia buscaría seguir involucrado en esta cuestión. Una vez más su destino se ligaría con Gran Bretaña. Los vínculos diplomáticos y comerciales establecidos por Rivadavia con Gran Bretaña en las primeras décadas del siglo XIX, especialmente durante su gestión ministerial en Buenos Aires y más tarde, al asumir como primer Presidente argentino, son una suerte de punto de partida en la turbulenta historia de las relaciones entre ambas naciones. Así lo ponían de manifiesto, hace más de medio siglo, varios historiadores argentinos encuadrados en la llamada escuela revisionista, al orientar sus estudios al tema de la dependencia Argentina respecto de Gran Bretaña que, según su visión, comenzó a materializarse precisamente en el período que estamos analizando.

Es cierto que la imagen favorable que había dejado la actuación política de Rivadavia entre diplomáticos, comerciantes y viajeros ingleses, contribuyó para que se acelerara la decisión del nuevo ministro de relaciones exteriores británico, George Canning, de designar un cónsul inglés para Buenos Aires. También serían enviados cónsules a otros nuevos Estados latinoamericanos, como Nueva Granada y México. El hombre elegido para ocupar dicho cargo diplomático en el Río de la Plata fue Woodbine Parish, quien era pariente de los hermanos Robertson. Ya en su cargo el nuevo funcionario se fue nutriendo de las opiniones de ingleses residentes en el Río de la Plata a favor de los esfuerzos del gobierno de Rodríguez por imponer la armonía social y el orden político. Con relación a este último punto, se ponía como ejemplo a la Sala de Representantes porteña donde, pese a los fuertes antagonismos entre la facción leal al gobierno y la oposición (referidas por uno de los hermanos Robertson con cierta ligereza como “Whig and Tory”), muchos coincidían en destacarla como un ámbito donde prevalecía un clima de cordial convivencia y respeto. Para corroborarlo, se destacaba la reacción de apoyo al gobierno por parte de miembros de facciones opositoras ante el motín de Tagle. Una porción importante de la comunidad inglesa residente en Buenos Aires mostraba un grado similar de aprobación por la gestión ministerial de Rivadavia. Un inglés escribió que lo llamaban el “William Pitt de Buenos Aires”, lo que ponía en evidencia la simpatía que muchos de ellos aún sentían por aquel primer ministro. Según el mismo autor, para 1822 había 3.500 residentes británicos en Buenos Aires –Woodbine Parish estimaba 3 mil–, quienes, en su opinión, tenían un rol dominante en la actividad económica que se llevaba a cabo en esa ciudad. Esta afirmación no suena del todo exagerada si se toma en cuenta la considerable extensión de tierra adquirida por inversores británicos en la región bonaerense durante esos años. Otro dato significativo es que la mayoría de los miembros del directorio del Banco de Descuentos, creado en junio de 1822, fueran ingleses, y que hubiera cerca de cuarenta establecimientos comerciales de origen británico operando entonces en la ciudad. Se estimaba que la mitad de la deuda pública de la provincia de Buenos Aires se hallaba en manos británicas. También resulta revelador en este sentido el hecho de que las importaciones anuales provenientes de Inglaterra se valuaran en $ 5.730.952,contra $ 1.368.277 provenientes de Estados Unidos, y $ 820.109 de Francia.

Poco antes, las políticas comerciales aplicadas durante la gestión directorial de Pueyrredón, entre 1816 y 1819, habían sido consideradas por la mayoría de los residentes británicos en el Plata como desventajosas para sus intereses. Pueyrredón se mostró reticente a permitir la exportación de oro en barras e impuso a la comunidad británica una serie de préstamos forzosos. A esto se sumó la crisis política de 1819-1820, que provocó una fuerte reducción de la actividad económica y comercial en la región. Una porción importante de mercaderías británicas permaneció sin poder venderse durante un buen tiempo. Las posteriores reformas comerciales introducidas por el gobierno de Rodríguez, especialmente aquellas que otorgaban mayor flexibilidad a aquellas regulaciones, fueron bienvenidas por los ciudadanos de origen inglés. Así lo comenta William Parish Robertson en carta a su abuelo: “El gobierno actual continúa gozando muy merecidamente de la entera confianza del pueblo y creo que se ha dicho verdaderamente que nuestro Ministro Rivadavia ha hecho tanto bien al país así como otros le han hecho tanto daño, lo cual es mucho decir”. En esos mismos años, la city de Londres experimentaba un clima de fervor financiero debido al aumento en los valores de acciones ligadas a los préstamos otorgados a naciones emergentes en Sudamérica, por parte de bancos y casas comerciales ingleses. Entre 1822 y 1825, países como Chile, Perú y Colombia recibieron préstamos que oscilaban entre valores de 600.000 y 4.500.000 libras esterlinas. El gobierno de Buenos Aires por lo tanto también se mostró interesado en negociar algún tipo de préstamo con estas entidades. Poco tiempo después de arribar a Buenos Aires, en marzo de 1824, el nuevo cónsul informaba a su gobierno que Rivadavia “ha hecho más por el mejoramiento de este estado en estos últimos tres años que todos sus predecesores en el poder”. Sin embargo, las primeras impresiones de Woodbine Parish también reflejaban una ansiedad considerable por las inciertas perspectivas políticas en la región ante el inminente reemplazo del gobierno de Rodríguez: en términos generales, cualquiera sea el resultado, lo que ha ocurrido ha generado un efecto casi excelente: la espontánea reacción de semejante sentimiento público con respecto a la administración de Rivadavia, es la mejor prueba que se puede ofrecer respecto al gran estado de ansiedad general que se siente aquí, para que se continúe y preserve el sistema que tanto ha beneficiado los reales intereses de este país, siendo esto la mayor certeza para el sucesor de Rivadavia, sea quien fuere, quien recibirá todo el apoyo necesario para perseguir la misma buena senda. En mayo de 1824, la Sala de Representantes de Buenos Aires eligió como nuevo gobernador al general Gregorio Las Heras, que al poco tiempo de asumir se refirió a la gestión del gobierno anterior como “La feliz experiencia” y, tal cual lo deseado por Parish, manifestó sus intenciones de preservar el “sistema” instaurado por su predecesor. De todas maneras, el nuevo gobierno autónomo tenía poco tiempo por delante. Para ese entonces, representantes de Buenos Aires y del interior se hallaban debatiendo en Asamblea Constituyente la reunificación de las provincias rioplatenses. Este objetivo implicaba abandonar el esquema confederal de gobierno, condición previa indispensable impuesta por el gobierno británico para otorgar el reconocimiento de la independencia al país, y que permitiría formalizar las relaciones comerciales entre ambos países, algo tan ansiado por Rivadavia.

Se ha sostenido que Rivadavia ambicionaba asumir él mismo como nuevo gobernador, pero ante la falta de apoyo que recibió, incluso por parte de algunos de sus más cercanos socios políticos, fue tal su decepción que cuando Las Heras le ofreció seguir en su cargo de ministro de Gobierno, decidió no aceptar. Sin embargo, Parish, quien no ocultó su desilusión por la negativa del ex ministro a ocupar su antiguo cargo, explicó a Canning que el propio Rivadavia le había manifestado que el verdadero motivo tenía más que ver con su deseo de que se respetara el plazo máximo de tres años que correspondía a cada gobierno. Aunque Parish apreciaba las cualidades políticas del nuevo ministro de Gobierno, Manuel García, consideraba que no estaba a la altura de su predecesor. (...)

El predominio de los intereses británicos en Buenos Aires generaba resentimiento entre algunos estadounidenses. Tal era el caso de John Murray Forbes, quien admitía con tristeza a su secretario de Estado, John Quincy Adams, que a pesar de los esfuerzos que hacía para irradiar en el Río de la Plata lo que refería como “moral prestige”, los británicos, gracias a su supremacía en el espacio comercial rioplatense, lograban ejercer un mayor nivel de influencia sobre la sociedad porteña. Un hecho que molestó especialmente al agente estadounidense, tal cual corroboraba también un inglés, fue el poco entusiasmo que despertó en Buenos Aires y en las demás provincias rioplatenses la noticia de la sanción de la Doctrina Monroe, al tiempo que la cuestión del reconocimiento de Gran Bretaña generaba considerable expectativa y ansiedad. También le provocaba malestar a Forbes la mayor trascendencia que el gobierno de Rodríguez, a través de actitudes expresadas concretamente por Rivadavia, le adjudicaba a las festividades de aquel país europeo: “No quiero terminar esta comunicación sin mencionar una prueba más del favoritismo del Gobierno hacia los ingleses, a que me he referido más de una vez. Poco tiempo después del reconocimiento de la independencia de este país, nuestros compatriotas celebraron el 4 de Julio. La fecha fue saludada por descargas de artillería de nuestros barcos mercantes, por la mañana, al mediodía y al caer la tarde y nuestro pabellón fue izado junto con el de este país. Todo lo que el Gobierno hizo fue izar un instante su bandera a mediodía, disparar un solo cañonazo y arriar de inmediato la bandera. En cambio, cuando los ingleses celebraron el 23 del corriente (San Jorge) el aniversario del Rey, la bandera del Gobierno flameó durante todo el día y a la puesta del sol se hizo por el Fuerte un saludo regular de once cañonazos. ¡Y todo eso, sin un simple representante oficial inglés ni un solo cañonazo disparado de su parte! En el banquete de esa noche Rivadavia, ministro de Gobierno y gobernador en ejercicio, pronunció el siguiente brindis, que apareció en la Gaceta Oficial: ‘Al Gobierno más sabio, el inglés. A la Nación más moral y esclarecida, Inglaterra’. Estos episodios no merecen una mención formal, pero muestran de qué lado sopla el viento”.


*Historiador.

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Bernardino Rivadavia
Gallo, Klaus
Edhasa
ISBN: 9789876281768
Precio: $ 135.00.-
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