Con su primer volumen de ensayos ganó el premio de la crítica de la Feria del Libro y en su nuevo thriller Desarmadero, Eugenia Almeida describe un universo de corrupción, inseguridad y violencia. A partir de ello, el periodista Daniel Gigena, le hizo una nota para el Diario LA NACION, que aquí transcribimos:

Martes, 24 de mayo de 2022 09:54

Por su primer libro de ensayos, Inundación: el lenguaje secreto del que estamos hechos (DocumentA/Escénicas), la escritora Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) fue reconocida este año en la Feria del Libro con el premio de la crítica al mejor libro de creación literaria por el bienio 2019-2020; la autora recibió unos módicos sesenta mil pesos y la editora Gabriela Halac, una plaqueta. Es su tercer reconocimiento. Por su primera novela, El colectivo, obtuvo el premio internacional “Dos Orillas”, y con la anteúltima, la atrapante La tensión del umbral, el Transfuge que otorga Francia a la mejor obra de ficción en lengua española. “Me encantó recibir el premio de la crítica porque este es un libro que hemos trabajado con mucho cariño con Gabriela Halac para DocumentA/Escénicas -dice Almeida a LA NACION-. Para mí tiene un peso especial por todo lo que implica editar desde el interior y llegar a Buenos Aires con una línea tan cuidada”.

La autora -que trabaja en la Biblioteca Provincial de Maestros de Córdoba, da talleres de escritura y conduce el programa radial de cultura Dame letra- publicó semanas atrás su nuevo thriller, Desarmadero (Edhasa), donde las repercusiones por los enfrentamientos entre grupos de delincuentes llegan a las altas esferas e incluso a las puertas de las oficinas de un ministro (nada que resulte increíble para los lectores argentinos). En la novela, narrada por medio de episodios relampagueantes, varios personajes hacen el intento de escapar de la espiral de violencia anárquica que se desata. La obra narrativa de Almeida fue traducida a varios idiomas aunque, curiosamente, aún no al inglés, lengua franca de la novela negra si las hay.

-¿Por qué es tan especial este premio de la crítica por Inundación?

-Es un libro sobre la escritura y además es mi primer libro de ensayos. Hay algunos manuscritos que se podrían convertir en libros en una editorial u otra. Pero este libro surgió en DocumentA/Escénicas y no habría sido lo que es en otra editorial. Por todo el cuidado, por el trabajo de diseño y por estar incluido en una colección donde dialoga con títulos de Juan Forn, Camila Sosa Villada, Leonardo Sanhueza, Rodrigo Fierro y, Nadadores lentos, de Santiago Loza, el más reciente.

-¿Escribiste Inundación mientras avanzabas con tus novelas?

-Fue un tiempo entre una y otra, en el que me dediqué completamente a Inundación. Me es muy difícil llevar dos proyectos a la vez y menos si son dos proyectos tan diferentes como una ficción y ensayos, aunque el ensayo siempre tiene algo de ficción. Todas nuestras narrativas, incluso las que nos contamos sobre nuestra propia vida o cuando explicamos las cosas, tienen una estructura de ficción; no responden a la realidad sino al ritmo del relato.

-¿Y Desarmadero?

-Estaba por la mitad cuando empezó la pandemia. Todo el primer año no solo no pude escribir sino que además me hice muchas preguntas sobre para qué escribir. No para qué publicar sino para qué escribir. Lo que me pegó como un empujón y me hizo ver el rumbo fue leer los ensayos de La obligación de ser genial, de Betina González, que es un autora a la que quiero y admiro mucho. Ese libro me conectó con el deseo de escribir, así que para críticas y quejas sobre Desarmadero hay que dirigirse a Betina González.

-Volviste a la novela negra.

-Hay algo ahí que me sigue convocando. Es un género al que vuelvo incluso si parto desde otro lado. Desarmadero podría haber sido otra cosa pero empiezo a escribir y hay tiros, hay muertos, y estoy otra vez en ese escenario. Me gusta mucho leer policiales, es un género bastante adictivo. Cuando agarro una novela policial que me gusta mucho es una abstracción total, entro en ese universo. A la hora de la escritura el género también te da algo poderoso.

-En la novela los círculos delictivos se expanden hasta alcanzar a jefes policiales, jueces y políticos. ¿La pensaste como una denuncia?

-Más que denuncia presenta cierto estado de cosas y, lamentablemente, quizás eso es lo más verosímil de la novela. Si uno dice que tal juez está entongado con tal fiscal y con tal empresario y que la policía maneja la caja negra de los robos de autos, de la prostitución o el narcotráfico, no hace ruido porque eso se lee en los diarios, si bien la historia es completamente ficcional y no hay enganche con lo real, pero ese es el entorno, y no solo en Argentina. Si uno lo piensa, ¿qué necesitan el Poder Judicial, la policía, los penitenciarios como condición de existencia? Que haya delito. Si uno lo ve desde una mirada económica, de línea productiva, si no hubiera delito no habría jueces ni legisladores ni penitenciarios ni policías.

-Algunos personajes no siguen el guion delictivo.

-Bueno, esos salen rápidamente eyectados o “son invitados a retirarse”.

-¿Transcurre en la ciudad de Córdoba?

-No, es un territorio ficcional. Algunos lectores me decían: “Este lugar es tal porque esta esquina es aquella”. Me conmueve mucho cómo se superpone la historia con un escenario real. También pasó con La tensión del umbral, en el que hay un periodista corrupto en Buenos Aires. La gente me decía que era tal persona y yo no la conocía porque no llega a Córdoba, y en Córdoba me decían que era otro. No era ninguno de los dos. Desarmadero podría transcurrir en Córdoba, Buenos Aires, Bahía Blanca, Rosario. Se sabe que no es Catamarca porque un personaje le dice al otro que lo va a llevar a patadas hasta Catamarca. Es el único dato geográfico que hay.

-¿Alguna vez tuviste aprietes desde el poder?

-Acabas de darme un nuevo miedo. Una vez Claudia Piñeiro dijo que ella trataba de no basarse en casos reales porque tenía miedo de que la gente fuera a reclamarle. Sí me pasó con El colectivo, en el que una persona estaba muy convencida de que estaba siendo aludida en esa novela; me dio el nombre del pueblo en el que supuestamente me había basado y también algunos datos de mi vida. Le dije que había imaginado todo porque era una ficción. Hay periodistas que trabajan el tema de la corrupción policial y arriesgan mucho más. Este es un juego diferente.

-Volviendo a lo adictivo del género, Desarmadero está estructurada para que el lector quiera saber qué pasa, con capítulos sintéticos.

-No fue deliberado sino que, cuando la escena se acaba para mí, se acaba, no importa si el capítulo tiene quince páginas o una. A veces me da pudor porque le mando al editor [Fernando Fagnani, de Edhasa] capítulos de media página. No se trata de acortar sino de no estirar. Esta novela era así, una sucesión muy rápida de imágenes.

-¿En la novela hay un universo masculino y otro femenino?

-Son dos universos que se están cruzando todo el tiempo. Lo masculino y lo femenino son principios de los que desconfío y que pongo en duda todo el tiempo, y que no tienen relación con ser varón y ser mujer. Son categorías viejas que responden a distintos principios. En la sociedad ahora estamos tratando de despegar esas categorías tan duras de la identidad de género. Son corsés que te obligan a no ser vos sino una categoría. Más bien veo un división entre aquellos personajes que tienen la ilusión de encontrar una brecha por donde escapar a una situación mejor y aquellos que no, que ya se han entregado. Y en ambos grupos hay varones y mujeres. Pichón, por ejemplo, tiene la ilusión de que va a encontrar algo mejor, incluso un amor. Y la Negrita, que ya encontró el departamentito y al ministro, se queda ahí, aunque la vida le muestra que era por un rato nomás.

-La novela se publicó en medio de un nuevo debate nacional sobre la inseguridad y la violencia.

-Me preocupa más la violencia, no de la inseguridad, sino la discursiva, simbólica y política de este momento en el país. Que un grupo de personas se manifieste por una determinada posición ideológica y su forma de manifestarse sea colgar bolsas negras con la cara de Estela de Carlotto me parece una violencia discursiva y simbólica fuertísima. Muchas veces la inseguridad, lo que llamamos inseguridad, está asociada a la situación en la que está casi la mitad de la población: son delitos que no tienen que ver el con el uso de violencia necesariamente. La violencia viene por ambición, como la de los grupos narcos que dejan restos de cadáveres por un territorio para marcar posición.

-¿Y la de Desarmadero a qué tipo de violencia responde?

-A las dos. El circuito criminal duro se parece más a la violencia por ambición. Ante la que uno dice: “¿Hacía falta tanto?”. “Sí, hacía falta tanto para que esto no vuelva a pasar”, responderían algunos personajes. Después está el otro tipo de violencia, la violencia de la pobreza. En la novela hay personajes jóvenes que son muy pobres y están acorralados: es la realidad de mucha gente. No puedo ni siquiera imaginar la desesperación de tener veinte, veintiún años en esta época y ser pobre: no tener techo, no conseguir laburo, que se te discrimine. En el país se está dejando afuera a gran parte de la población.

-¿En Córdoba la pobreza es tan evidente como en Buenos Aires?

-Sí. Gente durmiendo en la calle, en los cajeros, personas que todos los días pasan a preguntar si hay algo de ropa o algo de comida. Muy evidente. No hay respuesta adecuada desde el gobierno de la provincia, aunque el discurso político diga que sí. En protección social estamos muy desprotegidos a todo nivel. En Córdoba lo veo en los grupos de personas de iglesias u organizaciones sociales que sirven comida a gente de la calle: es una cantidad de gente que llega desde lejos a buscar ese plato de comida caliente, recorren una distancia muy grande para recibir un plato de comida que no está dado desde el Estado. Y a la clase media se nos ha complicado muchísimo. El discurso de la derecha al mismo tiempo es muy fuerte. Hay un par de señores y señoras muy similares a Javier Milei en Córdoba, tal vez un poco más prolijos en lo visual, pero dicen lo mismo. Ese discurso pregna mucho y es muy terrible. Este gobierno en verdad se está quedando corto en el sostén, así que si proponen que el sostén sea menos que ahora va a ser dramático. Necesitamos mucho más que ahora pero para eso hay que tocar a poderes que son intocables.

-¿Recomendás a los escritores jóvenes que participen de concursos?

-Hace mucho que no participo de concursos. Lo hice con El colectivo, pero después de esa vez no. A los jóvenes y a los no tan jóvenes les recomiendo que participen. Si hubiera tenido un libro de poemas terminado, lo hubiera mandado al Premio Storni. Tienen que participar desde los que recién empiezan hasta Diana Bellessi. Los escritores tenemos una situación laboral y económica siempre muy frágil y un concurso es una opción para un escritor. No es privativo del que está empezando. Apoyo mucho la movida que está haciendo la Unión de Escritoras y Escritores, reclamando por nuestros derechos y pensando en otras formas de hacer las cosas. Y los discursos de Claudia Piñeiro y de Guillermo Saccomanno en las recientes ediciones de la Feria del Libro también insistieron en esto.