Para el economista, la pandemia agravará la desigualdad en el futuro cercano y los peligros inminentes son la automatización del trabajo y la inequidad educativa. Así lo describe la periodista Carola Brandariz, quien le hizo una nota para la Revista Ñ (Diario Clarín), que aquí transcribimos:

Viernes 27/05/2022 17:00

En la Argentina, ese país que exhibe con orgullo cinco premios Nobel surgidos de la universidad pública del siglo XX, de cada 100 niños y niñas que empiezan la escuela, apenas 53 completan la secundaria en el plazo estipulado por los planes oficiales. De esos 53, solo 16 pueden exhibir el aprendizaje de Lengua y Matemática que evalúan las herramientas del Estado.

Pero el mapa no es homogéneo: solo cinco de cada cien chicos nacidos en Chaco, Formosa y Santiago del Estero puede completar la escolaridad obligatoria en los doce años previstos; en Catamarca y Corrientes, son 7 de cada cien; pero en la Ciudad de Buenos Aires son 33. Las aulas son el retrato más crudo de la desigualdad que atraviesa al país.

Los datos se conocieron durante las últimas semanas y surgen de una investigación del Observatorio Argentinos por la Educación, a partir de distintos registros oficiales: el Relevamiento Anual de escuelas y la prueba Aprender de 2019, que respondieron las y los alumnos que hicieron 1° grado en 2009 y a quienes se esperaba en el último año de la secundaria en 2020.

Lo que los resultados y la cruza de datos evidencia es que “quienes cuentan con más probabilidades de desarrollar las trayectorias escolares esperadas son los estudiantes que pertenecen al tercil de mayor nivel socioeconómico, que asisten a escuela privada o cuyas madres tienen estudios superiores”, según el informe “¿Cómo son los 16? Trayectorias escolares desiguales en la Argentina”.

La antigüedad de la pobreza

“Tan antigua es la desigualdad económica como la rebeldía frente a su existencia”, afirma Leonardo Gasparini en el inicio de su libro Desiguales. Una guía para pensar la desigualdad económica. Gasparini es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde ejerce la docencia y ha fundado y dirige el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas), y considera que la desigualdad no es una anomalía propia del subdesarrollo sino una de las características de la organización humana desde el surgimiento de la agricultura. Incluso, esa inequidad tiene un aspecto positivo: funciona como combustible para el progreso. Aunque ese combustible funciona mejor en los países nórdicos y peor en América Latina.

Por eso, en su libro más reciente, el investigador del Conicet propone acompañar el proceso de reflexión sobre la desigualdad desde un enfoque lo más objetivo posible. “El libro surge de la percepción de un debate cada vez más polarizado y con poco apoyo en los datos. Por supuesto, los temas de equidad son opinables y debatibles, pero ese debate es mucho más productivo si se articula sobre hipótesis y razonamientos claros, sobre datos y resultados de investigaciones”, comenta a Ñ días antes de que se difundiera esta radiografía de la inequidad a través de las aulas.

–Además de ser una cuestión moral, ¿por qué debería ser una prioridad la reducción de la brecha de la desigualdad?

–La razón es que una sociedad muy desigual es disfuncional para otros objetivos sociales y económicos importantes. Hay mucha evidencia que sugiere que la alta desigualdad implica sociedades más conflictivas, instituciones políticas más inestables, mayor inseguridad, menos confianza en el prójimo. También una economía muy desigual está asociada a menor crecimiento económico y posiblemente a mayores tasas de inflación, dado que la alta desigualdad intensifica las pujas distributivas, que avivan las presiones inflacionarias. Y no solo eso: hay también evidencia que indica que en las sociedades más desiguales la gente es más infeliz. Una misma persona en las mismas condiciones es más infeliz en una sociedad más desigual que en una más igualitaria.

–Escribió el libro, al menos en parte, en el 2020. ¿Qué ha cambiado desde ese momento?

–Las estimaciones existentes sugieren dos resultados: el primero es que la crisis del covid aumentó las brechas; el segundo, quizás un poco sorpresivo, es que no las aumentó mucho. En la mayoría de los países, y también en Argentina, la desigualdad hoy es parecida a la de precovid. Pero más allá de esto, hay preocupación por las consecuencias de largo plazo de la pandemia, por varias razones. La primera es que la pandemia puede haber acelerado el camino hacia una mayor automatización de la producción. Y la amenaza de la automatización no es igual para todos. Segundo, el shock de la cuarentena puede haber cambiado la organización de ciertos negocios hacia un ahorro de mano de obra, en especial no calificada. En muchos hoteles, por ejemplo, por protocolo sanitario ya no limpian la habitación todos los días; si esa práctica perdura, va a implicar una reducción fuerte en la demanda de personal de limpieza, típicamente mujeres de baja calificación. La tercera preocupación, quizás la principal, es que el impacto de la pandemia en la educación ha sido muy asimétrico. Ya hay investigaciones que muestran que los chicos de contextos vulnerables sufrieron más la pérdida de días de clase y muchos no han vuelto a la escuela. Esto va a implicar consecuencias sobre la pobreza y la desigualdad en unos años, cuando estos chicos lleguen a la edad adulta.

–En el libro también se insiste sobre la necesidad de tener más datos y la necesidad de un enfoque interdisciplinario. ¿Qué datos son los que identifica que faltan principalmente?

–Aún hay muchas limitaciones en la información sobre los ingresos. Las estadísticas sobre desigualdad provienen hoy de datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que es un instrumento muy valioso, pero con dos grandes limitaciones. La primera es que la gente autorreporta sus ingresos en la EPH y suele subdeclarar, en especial las personas de altos ingresos. Esto genera un sesgo muy claro hacia la subestimación de la desigualdad. El segundo problema es que los grandes multimillonarios no están captados en la encuesta, lo que genera otro sesgo en el mismo sentido. Como consecuencia de todo esto, la desigualdad real es seguramente muy superior a la que podemos medir. Para mejorar estas medidas necesitamos entonces tener acceso a datos administrativos e impositivos, además de los autoreportados en la EPH. Casi todos los países desarrollados dan acceso a los investigadores a esos datos. Lo hacen con estrictos protocolos de seguridad y secreto estadístico. Pero lo hacen, lo que les permite a estos países tener mejores estimaciones de la desigualdad de ingresos que las que tenemos nosotros.

–Temas como la robotización o la manipulación genética aparecen como preocupaciones a futuro, especialmente para la región por la abundancia de mano de obra no calificada que se vería afectada. ¿Qué atención se le está dando en la región a estos asuntos?

–Creo que, abrumados por la coyuntura, le estamos dando poca atención a fenómenos que avanzan despacio, pero que finalmente van a tener un impacto distributivo enorme. Sobre la amenaza tecnológica me parece que hay varios puntos para señalar. El primero es que la amenaza es cierta. Los robots ya están capacitados para trabajar de mozos, hacer tareas domésticas y reemplazar a choferes y albañiles. Hoy esas actividades representan más de la mitad del empleo no calificado en cualquier economía latinoamericana. El segundo punto es que la amenaza es muy asimétrica y en consecuencia potencialmente desigualadora. El riesgo de ser reemplazado por una máquina es mayor para quienes hacen tareas rutinarias y repetitivas, típicamente trabajadores de baja calificación y operarios semicalificados. El tercer punto es que es muy difícil prever las consecuencias económicas de cambios tecnológicos tan profundos como los que estamos viviendo. Al menos hay algo reconfortante: a lo largo de la historia las predicciones apocalípticas han estado siempre erradas. Pero creo que no nos podemos relajar: nada garantiza que los cambios tecnológicos en curso nos beneficien finalmente a todos, ni mucho menos que esos beneficios sean más o menos parejos de modo de evitar niveles de desigualdad que resulten intolerables.

–¿Cuál ha sido el efecto de las medidas de asistencia social como la AUH?

–Naturalmente, no son la solución a los problemas distributivos profundos, pero su relevancia no debería minimizarse en un contexto donde otras acciones de política, como la expansión del empleo, enfrentan muchas restricciones o su impacto es muy lento. Creo que las transferencias monetarias, como la AUH, son instrumentos útiles como parte de una estrategia más global de reducción de la pobreza y las desigualdades. Son relativamente fáciles de implementar, administrar y monitorear, tienen niveles de clientelismo político menores que otros programas, tienen un impacto directo y concreto sobre el nivel de vida de los beneficiarios y pueden servir para incentivar la asistencia a la escuela. Ahora bien, considerar razonable que existan los programas de transferencias de ingreso no implica desconocer que pueden tener algunos efectos indeseados, como el de ralentizar el proceso de formalización de la economía, u otros vinculados a la oferta laboral, y sobre los cuales es necesario trabajar más seriamente.

–¿Qué efectos han tenido las medidas tomadas en los últimos tiempos para reducir las desigualdades entre hombres y mujeres?

–En un trabajo reciente, por ejemplo, encontramos que la carga de la ayuda escolar durante el cierre de escuelas por el covid recayó de forma muy desproporcionada sobre las madres, lo que implicó una mayor pérdida de empleo, en especial en aquellas mujeres que no pudieron hacer trabajo remoto. Este es solo un ejemplo de los desbalances que implican costos laborales y económicos muy asimétricos entre hombres y mujeres, y que refuerzan la idea de que, pese a los progresos recientes, aún queda mucho por avanzar en materia de equidad de género. Por suerte, los temas de equidad de género son mucho más visibles hoy que hace un tiempo y están bien instalados en el debate de políticas públicas. Pero por supuesto las inequidades se siguen manifestando en muchas dimensiones, desde los problemas de acoso y violencia familiar hasta las brechas salariales.

 

 

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