En Cáncer de Capricornio, el autor Diego Bigongiari narra su diagnóstico y tratamiento del cáncer con metástasis y cómo sobrevivió para contarlo. A partir de su experiencia de sanación, la periodista Claudia Lorenzón le hizo una nota para TELAM, que aquí reproducimos:

Domingo, 24 de abril de 2022 17:42

Si bien el diagnóstico de cáncer aparece, la mayoría de las veces, unido a la unívoca idea de la muerte, en otras oportunidades la singularidad de cada organismo y la ciencia se unen para encontrar una salida que serpentea junto al camino de la vida, como en el caso de Diego Bigongiari, quien narra en su libro Cáncer de Capricornio el diagnóstico y tratamiento que derivó en la cura del cáncer de pulmón que lo afectaba, en un tiempo que lo vinculó a la idea de la finitud de la vida, los sueños y formas de disfrute como la sexualidad y la buena gastronomía.

Marino mercante, experto en viajes y autor de las Guía Pirelli de Argentina, Bigongiari aborda en este libro el derrotero que vivió a partir de 2019 cuando le diagnosticaron cáncer de pulmón de células no pequeñas con metástasis, y la suerte de poder acceder a una alternativa de curación mediante una terapia inmunológica, que en su caso tuvo los efectos esperados para la recuperación.

“Este ´bonus track´ o lotería que me gané trae consigo la decisión consciente de expulsar de mi vida todo lo que sea displacer y personas que me fastidian”, dice Bigongiari en diálogo con Télam acerca de la experiencia reunida en este libro, editado por Edhasa.

– Télam: Si bien ha escrito guías de viajes, gastronomía y vinos ¿por qué decidió escribir un libro sobre su experiencia de enfermedad de cáncer pulmonar y tratamiento?

– Diego Bigongiari: Fue la forma de saberme enfermo de una enfermedad potencialmente mortal pero imperceptible, mi manera de “procesarlo” como diría un psicoanalista. También de ocupar mi tiempo bloqueado por la cuarentena durante meses. Y de satisfacer mi creciente curiosidad por entender cómo funcionaban el sistema inmunológico y estos novedosos tratamientos.

– T: ¿Cómo cambió su vida a partir del diagnóstico de cáncer y qué sucedió cuando el médico le informó acerca de la terapia inmunológica?

– D.B: El diagnóstico fue un shock. No cambió en nada mi vida salvo en empezar a pensar que si todo iba mal en dos años estaría muerto y debía prepararme para eso. Cuando el doctor Manglio Miguel Rizzo me dijo que era viable la inmunoterapia fue una esperanza, cargada de duda y ansiedad hasta 3 o 4 cuatro meses después cuando se vio que estaba funcionando, porque en más del 50% de los casos, no funciona.

– T: ¿Cómo fue someterse a gran parte del tratamiento en pandemia?

– D.B: A mí la pandemia me afectó más que el cáncer en cuanto me tuve que cuidar al extremo, cercenó mis ingresos y mi vida social, además de estar 5 meses sin ver a mi madre. Pero, al vivir en una quinta con mucho terreno no la sufrí demasiado. En cierto sentido, incluso disfruté esos meses en que estaba prohibido perder tiempo y dinero en tonterías, podía dormir cuanto quería, tenía los días enteros para mí…

– T: ¿Qué aspectos sobre la industria farmacéutica le resultaron destacables y deplorables respecto de los tratamientos de cáncer?

– D.B: Hice sólo un tratamiento con el Pembrolizumab y tuve la suerte de estar en el 40% de los que pueden hacerlo sin quimioterapia y en el 40% de los que responden bien y además, casi sin efectos colaterales. O sea que para mí esa droga es la vida. Lo único deplorable es su precio.

– T: El cáncer aparece en el inconsciente colectivo como sinónimo de muerte. En el libro, se refiere a un testimonio de una persona con la enfermedad que dice que lo opuesto a la muerte es el sexo. ¿En qué dimensión esa idea lo ayudó a sobrellevar el tratamiento?

– D.B: Diría que el sexo es un buen antídoto contra la ansiedad. Que sea lo opuesto de la muerte me parece una frase brillante pero no es mía y no sé si estoy del todo seguro que es así, porque comer también es lo opuesto de la muerte. Tomé esa frase porque venía de alguien que sufrió un cáncer en serio, no casi en broma como yo tuve la suerte. Históricamente se sabe que es así, que en situaciones límite el sexo es una pulsión importante. En la guerra también: los libros no suelen decirlo, pero los soldados en guerra se masturban mucho. El problema del contrapunto es que sabemos muy bien qué es la sexualidad pero no sabemos ni sabremos nunca nada de la muerte, es como una equivalencia entre una variable X y 0.

– T: Hay en el libro una referencia muy interesante que hace sobre la masturbación. ¿Ve en esa actividad una forma de disfrute que tiene muy mala prensa aún hoy?

– D.B: Sí claro, creo desde siempre que la masturbación es más que “esa vieja amiga”. Con el coronavirus la prensa mejoró un poco. Me consta que gracias a ciertos aparatitos hoy también para las mujeres es un sustituto inapreciable. Los orangutanes machos se pasan la vida masturbándose y los bonobos de ambos sexos también. Pasa con esto algo parecido a la gente que dice que no sueña: simplemente no recuerda. Quienes dicen que no se masturban, lo ocultan o simplemente mienten. Desde muy temprano en la vida y hasta muy tarde ambos sexos se masturban. Es como el soñar, una forma sustancial de estar con uno mismo.

– T: ¿A partir de qué se unió a la marina mercante y qué significó esa experiencia en su vida?

– D.B: Vivía en Italia y una prima mía se casó con un oficial de marina mercante suiza cuyo hermano era el que estaba a cargo de la oficina de contratación en Génova, eso me dio ganas de probar la experiencia en una etapa de mi vida en que no sabía muy bien qué quería hacer. Y me gustó, así que seguí navegando. Navegué mucho por el Pacífico (de Estados Unidos y Canadá a Japón, de Australia a Japón y Corea del Sur, estuve en Shanghai y otro puerto chino cuyo nombre ahora se me escapa además de Taiwán, en un río de Borneo cargando madera, en Argentina (volví por primera vez después de 9 años porque me trajo un barco), Brasil, norte de Europa, el puerto de Novorossiysk, en la Unión Soviética. Pasé varias veces por los canales de Suez y Panamá, estuve un mes en dique seco en una hermosa isla griega del Egeo.

– T: ¿Cómo impactó esa experiencia en su vida?

– D.B: Influyó en mi vida sobre todo en el sentido de responsabilidad: en un barco incluso mercante una orden es una orden y no hay peros, el momento de hacer algo es cuando uno piensa que habría que hacerlo, no hay peor enemigo de lo bueno que lo mejor, un error de un centímetro es un error de un kilómetro. Al mal tiempo hay que adecuarse y soportarlo, con buenos libros es difícil aburrirse, y ver que distinta es la humanidad en cada puerto porque uno allí está trabajando con personas de distintas culturas todo el tiempo.

– T: Los sueños son una constante en su vida. ¿De dónde cree que surgió esa capacidad para soñar y recordar?

– D.B: No se de dónde viene mi inclinación por lo onírico, pero es parte de mi, desde hace una vida. Suelo tener una libretita para anotar los sueños y me pone de malhumor despertarme sin recordar nada. Al contrario, disfruto mucho empezar el día reflexionando o saboreando mis sueños bajo la ducha. Aunque no creo que todos los sueños traigan encriptado un mensaje del inconsciente, como pretende el psicoanálisis. Muchos sueños no significan nada, es un juego libre del cerebro.

– T: ¿Intervinieron los sueños como ayuda para canalizar el panorama que le impusieron el cáncer y la pandemia?

– D:B: Soñé tres veces con el cáncer, pero sin “claves” que me resultaran comprensibles. Con la cuarentena, al no tener que despertarme temprano y de prisa para llevar a mi hijo al colegio, pude saborear mucho más los sueños y de alguna manera sustituyeron viajes, sexo, vida social…cada mañana es como despertarse con una golosina en la boca que se diluye despacio…así como me volví mas sensible a la luz del sol, sobre todo al amanecer, los sueños “abonaron” mi existencia quizá compensando otras pérdidas.

– T: El tono del libro devela buen humor y un mensaje esperanzador. ¿Es propio de su personalidad o tiene que ver con el tratamiento que le permitió sobrevivir?

– D.B: Gracias por eso, la verdad que no lo había pensado ni planeado y si es así, es espontáneo. Soy una persona de buen humor y me gusta sonreírme de mis desventuras. Pero ciertamente este “bonus track” o lotería que me gané trae consigo la decisión consciente de expulsar de mi vida todo lo que sea displacer y personas que me fastidian. Sin embargo no siempre es posible. Desde el 24 de febrero vivo pendiente de Ucrania.

– T: Teniendo en cuenta que fumar responde a un hábito relacionado con lo placentero, lo adictivo y lo dañino. ¿Cómo redimensionó su apego al tabaco a partir de la enfermedad?

– D.B: Trato de no fumar más que un porrito de vez en cuando. Los cigarrillos, su humo y colillas (mi hijo mayor fuma) me producen un enorme fastidio. Pero me gustaría volver a fumar mis pipas. ¡Me gustaría morir de viejo como Russell o Einstein fumando pipa hasta el último día!

 

 

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