Pablo Gerchunoff en su extensa trayectoria como historiador y economista ha escrito varios libros, pero se intuye que este no es uno más. Recientemente ha publicado una biografía tan minuciosa que convoca a la memoria y a la reflexión: Raúl Alfonsín, el planisferio invertido. En este excepcional ensayo histórico, el historiador analiza y piensa la vida de Raúl Alfonsín sobre los últimos setenta años de la Argentina. Gracias a una investigación exhaustiva que va desde su nacimiento en Chascomús hasta su muerte, en buena medida muestra a un Alfonsín casi desconocido. Además de haber sido abogado, político, estadista, defensor de los derechos humanos y de la libertad, fue un fenómeno cultural, social y político; y siempre será recordado como un símbolo de la democracia en Argentina.

Gerchunoff retrata a un político que sacó de la decadencia a la UCR, desafió al PJ, a las corporaciones, y marcó la época con su personalidad. Así lo define Alejandro Katz quien escribió esta reseña para la Revista Ñ – Diario Clarín, que reproducimos a continuación:

 

Viernes 14/10/2022 19:04

 

Al discutir los “severos conceptos” que, en 1994, “con las ventajas que otorga conocer el final de la historia”, Tulio Halperin Donghi dejó caer sobre un Alfonsín cuyos “excesos imaginativos” habrían producido “magros resultados”, Pablo Gerchunoff apunta que posiblemente esa opinión haya sido resultado de “la celada del clima coyuntural”, de un momento que muchos percibieron, “con justicia o no, como el más oscuro de la carrera de Alfonsín, quizá como su crepúsculo”. De igual modo, escribe Gerchunoff, “estos capítulos se escriben casi treinta años después, empapados en un clima inverso, el clima de un ‘Alfonsín indiscutido’ que las fuerzas políticas se disputan como padre fundador de un régimen”.

Advertido entonces, y advirtiendo a sus lectores, de la vana pretensión de sustraerse de las influencias que el estado de la opinión pueda ejercer sobre el trabajo del historiador, Pablo Gerchunoff realiza un tour de force cuyo resultado es a la vez una biografía política e intelectual de Raúl Alfonsín, pero también una historia -una perspectiva sobre la historia política- de la Argentina desde mediado el siglo XX y una reflexión acerca de la naturaleza de las dificultades de nuestra sociedad. Es, también, una prolongada meditación sobre el problema persistente de la relación entre las personas y su tiempo, entre las fuerzas que mueven a las sociedades y las presencias ineludibles que, encarnadas en rostros y en trayectorias individuales, le dan muchas veces un sentido propio que, sin ellas, posiblemente no hubieran tenido: ¿cuánto de alguien tiene una época?

Raúl Alfonsín. El planisferio invertido (Edhasa) no aspira a sorprender por su estructura. Se desarrolla previsible, ordenadamente, desde una primera sección cuyo título -“La construcción de una personalidad política (marzo de 1927-octubre de 1983)- es ya una idea: la personalidad política de Alfonsín está marcada no solo por un lugar de nacimiento, Chascomús, que “nunca se disolvió en el ácido corrosivo de la historia”, sino también por unas circunstancias que marcaron “decisiones cruciales (que) tienen como trasfondo al pago, al padre, a la madre, la Guerra Civil española y sus secuelas, la Segunda Guerra Mundial, una anécdota de Yrigoyen…” No hay determinismo en esto, sino más bien la voluntad de señalar un propósito; a Gerchunoff le interesa menos el hombre que sus circunstancias y el modo en que se desenvuelve en ellas, lucha contra ellas, las modifica para incidir con su acción en el futuro colectivo, para llevar adelante “un proyecto de país y de poder”. La biografía está entonces plenamente -y exclusivamente- al servicio de esa comprensión, del entendimiento de los modos en que el origen trabaja sobre el destino.

Pero también de las maneras en que lo tuercen. Si las raíces, esas cuyo contorno Gerchunoff dibuja con precisión y rapidez, forman el carácter y establecen el suelo moral que alimentará la visión de la sociedad que abrazará de allí en más, y cuya síntesis, si se quiere, estuvo siempre en la Declaración de Avellaneda, el tronco que se fue erigiendo desde temprano fue la militancia en el radicalismo, un tronco que creció rectamente durante bastante tiempo, pero que, ya en los años 60, comenzó a apartarse del trayecto que le exigía un partido poco dispuesto a recuperar protagonismo, empezando así una “lucha contra la melancolía de la decadencia que campeaba en la Unión Cívica Radical”. “Ya sabemos, dice Gerchunoff, qué tuvo de específico y de original Alfonsín en la historia política: fue la esperanza convencida de que se le podía ganar democráticamente al peronismo manteniendo las conquistas sociales y las libertades simultáneamente.” Así como el relato biográfico de los años que conducen hasta el triunfo en las elecciones de 1983 es ordenado y prolijo, los hechos narrados son todo menos armónicos: en un contexto en el que la legitimidad de la política está seriamente corroída, y en que la violencia comienza a imponerse con creciente crueldad, cada decisión política es también una decisión moral. Ese es el proceso de confirmación de una intuición, que será luego una convicción y finalmente el arma política que le permite a Alfonsín ganar las elecciones: el mensaje que presentaba a “la democracia como solución, o más precisamente como conditio sine qua non de todas las soluciones, aun las más complejas. La democracia, añade Gerchunoff, aquello que no se había probado.” Si esa primera sección del libro, la que se ocupa de toda la vida de Alfonsín hasta su llegada a la presidencia, se desarrolla sobre un eje cronológico, en la siguiente sección el autor cambia el enfoque y ordena el relato en ejes temáticos, fundamentalmente el problema militar, el problema sindical, el problema económico. ¿Los problemas de Alfonsín o de la sociedad argentina, representada por esa “difusa opinión pública” a la que debe “convertir en capital propio” y conservar como tal? La oposición entre una sociedad que le da sus votos y unas corporaciones que dificultan la acción de gobierno -corporaciones a las cuales pertenecen muchas de las personas que, en la urna, son solo ciudadanos-, es el tema recurrente del análisis de la presidencia de Alfonsín. Un tema angustiante, porque una y otra vez aparece, como resultado posible de la incapacidad de sostener a esa opinión pública, la amenaza de la disrupción del orden democrático.

Es aquí cuando Pablo Gerchunoff comienza a desentrañar el nudo de la tragedia de Alfonsín, alguien que concebía a la democracia como condición de posibilidad para la solución de todos los demás problemas, pero que crecientemente se ve convertido en aquel que no pudo resolver ninguno de aquellos problemas -salvo el de la construcción de la democracia. Alguien que quiso hacer de la “democracia social un paso adelante respecto de la democracia liberal”, pero que crecientemente quedaba confinado a ser tan solo el padre de la democracia, alguien que se rebelaba contra la idea de ser “apenas un liberal republicano, como le querían hacer creer”.

La última sección del libro vuelve a poner en escena esta tensión: vista bajo su mejor luz, que es la luz con la que actualmente se ilumina ese acontecimiento, la incidencia de Alfonsín en la reforma constitucional es la ratificación de su carácter de constructor de instituciones.

Si resulta imposible señalar en un espacio reducido algunas de las numerosas virtudes de un libro extraordinario no es solamente porque allí se conjugan el talento del historiador con el del narrador, o por la notablemente sutil forma en que el autor consigue capturar y transmitir los desafíos que enfrentó su personaje, o por la riqueza e intensidad del fresco de la historia reciente de nuestro país que despliega ante nosotros; es también porque exhibir los dilemas que enfrentó Alfonsín es también confrontarnos con nuestros propios asuntos no resueltos. Es porque, si bien se trata de un libro sobre la pasión política, o quizá justamente porque se trata de un libro sobre la pasión política, no es un libro sobre el pasado, sino un libro sobre nosotros mismos, y sobre nuestros irresueltos problemas. Al promover la democracia como forma de vida en común, al establecer que la política, y no la violencia, es el modo de resolver controversias y enfrentar problemas, Alfonsín contribuyó a que la sociedad argentina subiera un peldaño en la escalera civilizatoria. Casi ninguno de los problemas que él hubiera querido resolver han encontrado sin embargo una solución. Queda entonces por remover la “melancolía de la decadencia”, ya no en la UCR sino en la sociedad argentina. La imagen que de Alfonsín nos deja Gerchunoff es una invitación a intentarlo.

 

 

Pablo Gerchunoff, con Levy Yeyati | PENSAR DISTINTO

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