Para Página 12 – Por Silvina Friera

Una gran virtud del texto es evitar el drama, el golpe bajo, el enojo, eso que se podría resumir como la posición de “víctima” del paciente ante la enfermedad. ¿Tal vez hay un paradójico regodeo (no exento de una pizca de morbo) en lo que le ocurre al cuerpo cuando se enferma? Nada de esto sucede en las páginas de Ventana magnética. Claro que el narrador visita oncólogos y confía en uno porque “no me ahorra nada ni adorna nada, y entonces deduzco que no me miente”. Su norte para transitar la enfermedad pareciera ser exprimir las experiencias hasta vaciarlas de los lugares comunes y transformarlas en literatura. Esto es lo que logra Fagnani (Buenos Aires, 1965), autor de Mar del Plata. La ciudad más querida (2002) y la novela Residencia permanente (2023), que se desempeña como gerente general de Edhasa Argentina.

El narrador vuelve sobre La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag, un libro que leyó fascinado cuando era muy joven. La decepción es irreversible; objeta que la escritora estadounidense compare el cáncer con la tuberculosis y que apele a un lenguaje de guerra (batalla, invasión masiva). “Lo que me resulta intolerable del libro de Susan Sontag es que ella, que siempre había sido el anatema del alma bella, y de ahí buena parte de mi admiración, de golpe se convertía en lo que llevaba una vida rechazando. Me avergüenza su cobardía. Puedo trazar un mapa de sus desplazamientos, de la manera en que para no narrarse a sí misma (a su experiencia como paciente, lo que motiva el libro) levanta, con su prosa intensa y comprometida, con su carácter altivo y seguro, el de una mente brillante que nunca cede al esnobismo de la fácil agudeza, un muro de argumentos banales a fin de que el yo se mantenga en silencio y en la penumbra de la escritura”, argumenta Fagnani, quien no perdona la defección de aquellos a quienes está unido por la consciente responsabilidad del peso que tienen las palabras. En este tramo, el narrador manifiesta un rencor que viene del sentimiento de orfandad intelectual y emocional que siente porque esperaba que Sontag fuera su guía, “otro Virgilio de la selva de lo simbólico”.

Antes del diagnóstico, cuenta que leía novelas de Georges Simenon, de la serie de Maigret. Después decide leer a Sebald porque la melancolía del autor alemán, “su inclinación hacia el dolor y la tragedia, entendidas como un destino inevitable, me hacen bien”, revela Fagnani y agrega que estuvo varias semanas sin conexión con la lectura hasta que regresó de la mano de Jacques Derrida y una conferencia dedicada al poeta Paul Celan. La continuidad de las novelas y los cuentos, reconocerá, “es un espejo en el que no me puedo mirar”. Un poema de la polaca Wislawa Szymborska, “El odio”, una obra maestra, le permite reflexionar sobre la novedad de estos tiempos: el odio como un sentimiento que apunta a suprimir al otro y observa que el segundo hogar, o acaso el primero, de los odiadores es la red social X, “tolerante vertedero”.

La fijación por los hoteles, asociados en la familia del narrador a momentos hermosos de sus vidas, se inscribe en lo que considera una época lejana de Argentina, cuando era común que las familias “ascendieran del conventillo al hotel”. La intimidad, se podría interpretar que sugiere el texto, no puede prescindir del cuerpo social porque esa época remota regresó invertida para Fagnani: “hoy pasan del dos ambientes al hotel; en los peores casos, un paso previo a la calle”. El cáncer, “una vulgar enfermedad, como la que tienen millones de personas”, no le impide ver a los otros. Los últimos dos capítulos del libro “Dar la noticia” y “Recibir la noticia” funcionan en espejo entre las dudas de un hijo que no sabe si contarle a su madre y a su padre sobre el tumor que le encontraron. Ventana magnética construye una voz que, lejos de enredarse en el torbellino de la anécdota, encuentra una manera de narrar la experiencia de la enfermedad como si lo hiciera desde la periferia del dolor, con una distancia y sobriedad inauditas.