Casi siempre considerada como un hermano pobre de la pintura, una imagen sin original o, en el mejor de los casos, un instrumento gráfico o político, el grabado pocas veces ha recibido la atención que se merece. Pero de todas las décadas, si hay una en la que casi nadie lo imagina brillando, es la del ’60. Sin embargo, Arte plural, el libro que la historiadora del arte Silvia Dolinko acaba de publicar, demuestra cómo, en medio de una década de incontenible producción artística, el grabado fue un espacio de experimentación y renovación tan importante y central que hasta llevó al inmenso y despótico Romero Brest a bajar el copete y conseguir con un grabado el máximo premio del arte argentino hasta entonces. |